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El último pase del Mago.
El Gráfico - 24 de diciembre de 1991 - Gonzalo Abascal.


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Nunca viste nada igual, ¿no? - me preguntó.
-No, Bocha -le responí.

Entonces prefirió el silencio, los ojos apuntaron al recuerdo y la confesión se le escapó chiquita, sin pretensiones, con su estilo: “Cuando saludé a la hinchada me emocioné... Sí, me encontré con la mirada de dos o tres chicos llorando y no pude aguantar, me emocioné... me emocio...” Y otra vez se la perdió la voz. Se calló. A esa hora -tres y media de la mañana del viernes- las sombras habían ganado Avellaneda y Ricardo Enrique Bochini regresaba a su casa acompañado de un solo sentimiento: una felicidad profunda y conmovedora.

Quince horas antes, a las 12.20 del mediodía del jueves, le había abierto los ojos al día de su homenaje con un ligero malhumor mañanero. Pero le duró apenas minutos. Al rato ya lo acompañaba la misma sonrisa tímida de siempre. Se puso un pantalón corto Topper y abandonó su habitación para enfrentarse con el desorden de invitaciones, sobres blancos y cajas de letraset que habían invadido su living. Monterito y Bolita, dos amigos inseparables llegados desde Zárate, trabajaban con afán en los últimos detalles. El Bocha miró sin mucha atención la tapa de los diarios Clarín, Crónica y Popular y deslizó su primer comentario: “¿No va a llover, no?”. Lo dijo buscando una respuesta que lo aliviara, pero no demoró en sincerarse: “Aunque el tiempo está fulería. Si llueve, la c... Tenemos que hacer como ese que organizó un partido amistoso en Tucumán y, mirando el cielo con nubes, decía: Diosito, no me falles, que no llueva justo hoy”. Entonces, otra vez se le escapó la sonrisa marca Bochini. Esa que es mucho más elocuente en sus ojos. Se sentó junto a Monterito y Bolita (que continuaban con la dura tarea de escribir cada nombre de invitado en letraset, con dos letras rojas y el resto negro, lo que les demandaba el escaso tiempo de cinco minutos por sobre) y se dispuso a firmar las últimas tarjetas. “Que q... es este partido, viejo”, comentó.

Era la una de la tarde en Buenos Aires y el calor y la humedad habían dado paso a una tormenta que presagiaba amargar cualquier festejo. Fermín, el más conocido de los hermanos del Bocha, que había llegado al departamento de Callao unos minutos antes, se asomó al balcón del séptimo piso y también tuvo tiempo para el humor: “Y qué querés, si viene mi vieja a la cancha. Es la segunda vez en veinte años. La primera vino a ver Independiente-Racing y llovió como nunca, se inundó todo Avellaneda y el partido se suspendió.”

El grupo de hermanos y amigos se había completado con la presencia de Hernán, el menor de la familia, de 24 años, y Osvaldo Brolo, el dirigente de Zárate que -cuando tenía 27 años- acompañó a Bochini en el comienzo de su aventura en el fútbol de la capital. Así fue y será siempre el entorno del Bocha. Gente sencilla, de frases cortas, que mide la amistad en años y que hace un culto de la fidelidad.

-Bocha, ¿y ahora qué vas a hacer? -le pregunta Hernán.
-Nada, vamos a comer algo. ¿Compramos y traemos acá o buscamos algún lugar afuera?
-Decidí vos.

Todo el grupo se dispone entonces a encontrar un restaurante para el almuerzo. Bochini los guía hasta “Rodi”, un sencillo y familiar bar de la Recoleta. Allí se suma Carlos Larocca, quizá su hincha número uno, y quien también lo acompaña desde hace algunos años atrás. Durante el almuerzo el Bocha divide su ansiedad. Por un lado lo acosa la lluvia, que pone en duda la gran noche; por el otro, sus hinchas, que a cada momento le hacen sentir las ganas que tienen de brindarle el homenaje. Sin embargo, lo que más le preocupa a Bochini, son las familias que puedan llegar del interior. “Me parece que tenemos que suspender el partido ahora, para que la gente que viene desde Zárate, Pergamino o Rosario no viaje. No podemos complicarle la vida.” Pero el cariño no sabe de mal tiempo. En la puerta misma del restaurante aparece Rolando Luis Simone, un abogado que acaba de llegar de Viedma, Río Negro, y que se olvida de sus 44 sensatos años y a quien se le ilumina la cara como a un chico al ver a Bochini. Respetuosamente se acerca a la mesa y sin esperar preguntas se emociona: “Para que haya dejado mi estudio tengo que sentir un cariño muy especial. Pero si por Bochini perdí a una mujer, hoy no podía faltar. Durante el Mundial ´86 estaba viviendo en España, y cuando jugó los diez minutos finales frente a Bélgica, me puse a llorar. El Bocha para nosotros es lo máximo. Si lo veo ahora acá y se me pone la piel de gallina”. Y todos lo miran extrañados, pero lo comprenden, a este abogado que perdió su elegancia profesional, para soltar su sentimiento y su emoción.

A las cuatro y media de la tarde, cuando la idea de la suspensión del partido había quedado definitivamente atrás, el grupo -incluído el abogado que llegó desde Viedma como un hincha anónimo más y de pronto se encontr´ en la casa del Bocha dirigiendo la rueda del mate- se refugia otra vez en el séptimo piso de Callao y Quintana. Nadie parece quedar afuera. La puerta está abierta para quien llegue con ánimo de festejar. Aparece Luis Bergonzi, el íntimo amigo del Bocha desde que jugaron juntos en las inferiores de Independiente. “Vivíamos en la pensión que estaba en la Avenida Mitre 417. Las habitaciones eran de telgopor. Él siempre fue un fenómeno. A mí me decía hoy entro y hago dos goles, y los hacía; hoy gambeteo a cuatro y convierto un gol, y lo hacía. ¡Qué bárbaro!” Pero con Bergonzi llegan su esposa y sus hijas, más Lucrecia de 10 años y Emiliano de 8, los sobrinos del Bocha, hijos de su hermano N6eacute;stor, que falleció en un accidente automovilístico. La concurrencia, a esa altura, ya es multitudinaria. Los sandwiches de jamón o salame y queso alcanzan para todos, la ronda de mate se extiende, los chicos corretean por el departamento sin inhibiciones (el departamento de Bochini, el mismo personaje que alguna vez se pintó como huraño e introvertido) y él, el homenajeado, se preocupa por firmar las últimas invitaciones y por confirmar telefónicamente la presencia de sus amigos.

-¿Tenés el teléfono de Fillol, vos?
-Sí, Bocha es éste.

-¿Y el de Alonso?
-También, acá está.

-Perfecto, entonces ya están todos avisados.
-¿Podemos charlar cinco minutos?

-Está bien, dale.

-Bocha, hace un rato me decía Fermín que estás muy bien, pero a veces le confesás que tenés ganas de jugar. ¿Es así?
-Empezar como técnico me sirvió para seguir ocupado en lo mismo. Perdí el placer de jugar, pero lo demás es igual, y me gusta. A veces quiero entrar, es cierto, pero además de ganas hay que tener otras cosas y yo ya no las tengo.

(Entonces el clima cambia. Ahora nadie grita, se escucha respetuosamente y el Bocha habla como siempre. Pausado, reflexivo, analítico.)

-¿Estás conforme en este comienzo como director técnico?
-Sé que puedo dar más. En esta etapa tuvimos algunos problemas que no imaginamos, jugadores que se enojaron o se encapricharon.

-¿Pensás ser técnico muchos años?
-Ahora estoy viendo cómo es esto. Si me gusta, si me causa satisfacciones, voy a seguir. Lo decidiré el año que viene, cuando termine el contrato con Independiente.

-¿Con Fren estás bien?
-Sí, muy bien. Pensamos lo mismo, al equipo lo trabajamos entre los dos. Estoy muy cómodo.

-¿Qué te gusta y qué no de este trabajo?
-Y... tiene sus cosas lindas. Cuando el equipo juega bien, funciona; eso es bueno porque uno ve que las cosas van saliendo; lo feo es cuando no se logra lo que quiere.

-Bocha, ¿la gente te sigue apoyando, no?
-Los hinchas nunca dudaron. Siempre estuvieron con Fren y conmigo.

-¿Irán esta noche?
-Yo calculo treinta mil personas; pero, con el día feo, tal vez vayan menos.

-Va a ir más público, Bocha.
-No sé, no creo. Yo digo 30.000 personas. Me comentaron que se vendieron pocas populares; es raro eso, ¿no?

Lo dijo mientras se levantaba para iniciar una tarea que para él tiene carácter de ceremonia. Preparar los botines. En ese acto está expresado todo su amor por el fútbol. Con paciencia y sabiduría pasó los cordones a ambos zapatos, acomodó las vendas y guardó las medias de algodón, esas que siempre se resistió a abandonar, porque son un símbolo futbolero. Después se duchó con tranquilidad y se vistió con una elegante camisa a rayas y un saco azul. Bajó del departamento a las siete en punto de la tarde. Lo estaba esperando Carlos Larocca en su rural Mercedes Benz para llevarlo hasta la cancha. Pero un inconveniente imprevisto demoró la partida. Oscar Mosteirin, el fotógrafo de EL GRÁFICO, había olvidado su bolso arriba. Diez minutos tardaron en encontrar un juego de llaves. Cuando lo consiguieron, el Bocha y Mosteirin subieron hasta el séptimo piso. Fue sólo un instante, pero alcanzó para que otra vez sonara el teléfono. El Bocha atendió apurado, pero la voz del otro lado de la línea lo sorprendió y lo obligó a detenerse un momento. El ex presidente Raúl Alfonsín lo llamaba personalmente para saludarlo.

-Bocha, le pido disculpas por no poder estar presente esta noche. Pero le envío un gran abrazo y lo felicito.
-No se preocupe, Raúl. Y muchas gracias por el llamado.

Entonces, sí, todos emprendieron el camino hacia Avellaneda. En la rural Mercedes, Larocca, Bochini y los dos hombres de EL GRÁFICO; en un Peugeot 505, su amigo Luis Bergonzi, con su familia y los sobrinos del Bocha. En el camino su estado de ansiedad comenzó a agigantarse, mientras la respuesta del público parecía sorprenderlo. A cada paso se repetían los bocinazos saludándolo, mientras la transmisión de radio Rivadavia, en directo desde el estadio, auguraba una fiesta. “Parece que hay lindo clima, ¿no?”, alcanzó a comentar tímidamente, mientras sonreía escuchando por radio a su amigo Enzo Trossero diciendo: “Vengo al homenaje de un gran jugador, pero sobre todo a un tipo muy leal.” El ingreso a la autopista que conduce hacia Avellaneda está plagado de bocinazos y saludos, mientras las banderas rojas empiezan a flamear por las ventanillas. Él responde levantando apenas alguna de sus manos. Un minuto de detención sirve para que un enamorado de este hombre se acerque hasta la ventanilla y le pida sin vergüenza: “Dame la mano que me muero, fiera. Lucite hoy, eh. Que estamos todos con vos en la cancha”.

Así hasta llegar a las calles vecinas al estadio. La multitud, entonces, es incontenible. Cientos de hombres, mujeres y chicos se abalanzan sobre el auto buscando su saludo. El Bocha, baja la ventanilla y responde con una sonrisa cada pedido. Un hombre mayor se acerca y le dice casi a gritos: “Yo soy bostero, pero no importa. Quiero estar con vos”. En medio de tanto afecto, Oscar Mosteirin apenas puede contener las l6aacute;grimas y Carlos Larocca exclama: “Como el Papa, Bochita, sos como el Papa”.

A las ocho menos diez de la noche ingresó al estadio, rodeado de besos y más besos. En el vestuario se encontró con sus amigos. Nadie le falló. Nadie podía fallarle. Estuvieron Gatti, Villaverde, Carlos Enrique, Olguín, Marangoni, Trossero, el Turco García, Reinoso, Alonso, Bertoni, y muchos más. Solo él podía lograr tanta adhesión. Mientras, cerca de la playa de estacionamiento, Hugo Alberto, su hermano mayor, contaba conmovido: “Cuando era pibe nadie creía que llegara a ser jugador de fútbol. Tenía unas piernas tan flaquitas. Pero él no lo dudaba. Una vez me sorprendió su seguridad. Estábamos viendo por televisión la despedida de Pelé, y el relator decía: ´¿Cuánto valdrán esas piernas, señores?´ Entonces el Richard, que estaba acostado, se destapó, y mirándose las piernas nos preguntó: ´¿Y éstas, cuanto costarán?´”

Salió a la cancha a las nueve y veinticuatro de la noche. La pelota, su amiga, en la mano derecha, como un símbolo. Saludó a las cuarenta y cinco mil personas que lo ovacionaban y se dirigió hacia el sector del palco oficial.

Allí había una persona que aplaudía por los veinte años pasados. Doña Antonia Gómez Gómez de Bochini, con 66 años levantaba sus brazos hacia la cancha y no paraba de saludar a su hijo. Sus ojos (ahora sabemos de quien es la mirada pícara del Bocha) también tenían un brillo especial. El de la emoción auténtica. A su lado, Mónica, la hermana del Richard (como la dirán siempre en Zárate) y, repartidas, más de 50 personas entre familiares y amigos. Entre ellos, catorce sobrinos del Bocha. El último -el número quince- no pudo estar. Había nacido apenas un día antes en Zárate.

Jugó como siempre. Intentando cada gambeta, soñando con un nuevo caño, amenazando con el pase gol perfecto. A los cuarenta y cuatro minutos se encontró con Bertoni y el puntero la clavó en el ángulo. El estadio se estremeció. La hinchada recordó un canto que hizo historia: “Bochini, Bertoni / la hinchada quiere goles”.

El segundo tiempo lo compartió con sus pibes de hoy y la camiseta roja que lo vio ganador de tantos campeonatos y Copas Libertadores.

A las doce menos cuarto de la noche convirtió su último gol. Se sacó la camiseta, se la regaló a su hermano Hernán y recorrió la última vuelta olímpica, mientras más de cuarenta mil voces frenéticas cantaban: “Y Dale Bocha, dale Bocha, dale Bo... / Y Dale Bocha, dale Bocha, dale Booo / Porque te quiero / te vengo a ver / aunque esta noche sea la última vez.” Él cantó con ellos, levantó sus brazos y agradeció. Frente a sus hinchas, a los de la popular, a esos que le entregaron un amor eterno e incondicional, se emocionó casi hasta llorar. Minutos después desapareció debajo de la tierra, despidiéndose como jugador. Uno de esos hinchas, Diego Paternoster, con las lágrimas incontenidas y la voz extinguida, alcanzó a decir: “No puedo más. Estoy destruido. Cuando se paró frente a nosotros se me heló la sangre. Lo busqué con la mirada a mi hermano en busca de apoyo y lo encontré llorando desconsolado. Entonces no aguanté más. Bochini es increíble. Parecía que nos miraba a los ojos a cada uno, te estremecía. Es de otro mundo.”

Es que el Bocha no nació. Bajó del cielo el 25 de enero de 1954, en el humilde hogar de Don Antonio y Doña Antonia, en Zárate, Buenos Aires. Fue único, genial, inigualable. Así en el fútbol como en la vida. Amén.




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