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¡No te mueras nunca, Bocha!
El Gráfico - 24 de febrero de 1986. Crónica de un partido del Bocha, realizada por Jorge Barraza


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Independiente volvió a quedar solo en la punta. Le ganó 3-0 a Español jugando tan bien como contra San Lorenzo, sólo que esta vez aseguró a tiempo el resultado. Y festejó extra con un golazo de su ídolo.


Fue a las 23,05 del viernes. Independiente le ganaba 2-0 a Deportivo Español en Avellaneda. El partido era bueno, la noche cálida y la lluvia fastidiosa. El público estaba calmo y los relatores radiales emitían sus mensajes sin grandes contenidos emocionales. Todo bien, normal.
Hasta que Giusti entregó una pelota cruzada para Bochini por la derecha y el Charles Chaplin de los jugadores de fútbol, el Enrique Santos Discépolo de las canchas, decidió modificarlo todo. Como si no le gustara lo bueno que se había hecho, con un afán perfeccionista que incluso parecía innecesario, accionó la válvula mágica de su juego único y cambió el resultado, el entorno y las motivaciones. Dominó el balón con una caricia suave, atrajo a su circunstancial marcador, Segovia, le amagó hacia adentro y enganchó hacia fuera, lo dejó mirando un partido inexistente en la cancha de Rácing y fue a buscar al arquero Catalano. Invirtió la fórmula. Amagó hacia fuera y enganchó hacia adentro. Todo suave, todo limpio. Su físico casi endeble no le permite el lujo de un roce desestabilizador. El final fue un toque preciso de zurda ante el cierre desesperado de Zárate que, por suerte, no llegó. Se pueden salvar tantos goles, por qué salvar justamente éste, que no modificaba el destino del partido. Y fue gol.
Entonces surgieron los “azos”. Golazo, partidazo, Bochazo. Brotaron los “al”. Sensacional, genial, brutal, descomunal. La noche se convirtió en hermosa, la lluvia en romántica, Víctor Hugo se volvió loco y comunicó que algo distinto acababa de ocurrir, y la gente saltó, se abrazó, se alegró y hasta casi agredió a dos hombres mayores que en la platea Cordero habían estado censurando la actuación de Bochini. Todo por un gol. Eso es lo que puede hacer un jugador -vaya uno a saber por qué extraño fenómeno de la comunicación humana- cuando se llama Bochini o Alonso o Maradona o Rojitas; es decir, cuando es muy grande, muy ídolo y, por sobre todo, distinto a los demás.

Antes del golazo

Eso fue a los 65 minutos de juego. Antes habían pasado muchas cosas. Por ejemplo, una que dijo Oscar López, el técnico de Español. “Todos los goles que no pudieron convertirle a San Lorenzo nos los hicieron a nosotros”, señaló. Y sin proponérselo, buscando la explicación a la derrota de su equipo, realizó un análisis acertado de la victoria de Independiente.
Los rojos de Avellaneda -que el viernes fueron blancos- volvieron a jugar un gran partido, como el cumplido en el primer tiempo contra el Ciclón. Con dos variantes sustanciales: esta vez estaban dispuestos a no cometer distracciones ni a dejarse caer espiritualmente. Pero, por sobre todo, a no despilfarrar más situaciones de gol. Esa derrota de cinco días antes había calado demasiado hondo. “Me dio tanta vergüenza perder ese partido -reconoció Clausen-, tenía tanta calentura que me fui a mi casa y no salí hasta el martes a la hora de venir a entrenar. A todos nos pasó lo mismo, por eso queríamos jugar contra Español el mismo martes si era posible. Y eso se notó en la cancha, todos corrimos, todos luchamos, no los dejamos agrandar nunca”. Bochini asentía a medias: “Si, salió bien, pero en el primer tiempo teníamos que haber hecho tres goles y sólo íbamos uno a cero. Si nos llegaban a empatar , no sé si no nos pasaba lo mismo que el otro día. Menos mal que acertamos un contragolpe. ¿El gol mío? Se la enganché bien al arquero, ¿no?”

Y al concretar en la red, el triunfo se le fue haciendo cómodo aunque Español -ya le había tomado la mano, le ganó los tres partidos anteriores por 1-0- no bajó jamás los brazos y creó varias situaciones de gol que volvió a conjurar con brillantez el pibe Vargas.
Todo el equipo rindió en buen nivel, pero hubo casos desequilibrantes. Uno de ellos fue Barberón, quien con su increíble velocidad y potencia agregó más criterio a la definición de sus desbordes. Fue un drama para Español, que a los 42 minutos de juego debió cambiarle el marcador porque Batista no podía pararlo de ninguna manera. El otro fue Guillermo Ríos, al parecer instalado definitivamente en el mediocampo, su ámbito natural de desenvolvimiento. Cortando, corriendo, poniendo la pierna dura y entregando con precisión la pelota, “Luli” se ha transformado también en figura de Independiente.

Marangoni de seis

Fue una sorpresa. Al volver Giusti de la lesión y con el nivel que viene demostrando Ríos, Pastoriza decidió excluir a Ingrao -muy proclive al pelotazo-. Y ubicar en el fondo a Marangoni. Claudio cumplió con su responsabilidad habitual y con una dosis extra de temperamento, pero le costó acomodarse a la nueva función, que seguramente seguirá desempeñando hasta el final del torneo. “Una vez jugué en esa posición, en Huracán en el ´81. No me molesta, pero requiere tiempo para ubicarse. Estoy contento porque la defensa terminó sin goles y eso era como un compromiso para mí. Ya no estoy en la edad de querer sobresalir yo, ahora sólo pretendo serle útil al equipo. Y creo que cumplí. Estaba seguro de que íbamos a andar bien por la forma en que repercutió la derrota ante San Lorenzo. Se trabajó de manera especial y este equipo, cuando asume las cosas así, es difícil que pierda”. Le preguntamos a Claudio cómo veía el final de esta historia. “Es muy difícil saberlo, quedan nueve finales. Podemos ser campeones o no entrar ni a la liguilla, está muy peleado...”
Es verdad, lo más probable es que el campeón no se conozca hasta el 26 de abril, cuando se dispute la última fecha. Pero el viernes Bochini hizo festejar a cuenta.




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